
Por eso hay que morir. Porque al final sólo estás tú, ¿verdad? Devastado, desnudo, insignificante. En este otoño en que el suelo se cubre de sueños abandonados, de restos de naufragios, de los viejos objetos inservibles que se te adhieren como una costra. Y los recuerdos, pesando como plomo, arrastrando una montaña con los dientes. Ese trueno lejano es tu voz de ayer que te persigue como un eco. Ese relámpago es la conciencia del presente, el látigo implacable, el ahora. Ese rayo te partirá en dos, arderás en su fuego, para ser la ceniza que se lleva el viento de la mañana.
Muerto o dormido, qué más da, abandonado, mudo. El silencio es un dulce abismo abriéndose a tus pies. Me quitas la palabra y no soy nada. Me la das, y soy menos aún. Si mis ojos pudieran decir, si mi corazón se detuviese un segundo, si todos los versos fueran una espada o un templo, o un mar oscuro.
Me doy la vuelta y ahí sigo. El aire sólido, estancado. Un aleteo breve, imperceptible. La sombra agazapada. Una música de fondo que nunca acaba. La coraza, la herida abierta, el miedo. El día esperando que la noche se vaya.
Y se irá, claro, pero siempre vuelve.