lunes, 17 de agosto de 2009

Mentecatosis

El ser humano es, por definición, paradójico y contradictorio. Es algo esencial, al parecer, a su naturaleza. Forma parte del diseño, venimos así de fábrica, y con la decisiva influencia de nuestro entorno la tendencia se va fortaleciendo. Por ejemplo, la mente.
Es nuestra herramienta fundamental, lo que nos distingue como humanos. Y también, al mismo tiempo, nuestro peor enemigo. Creo que ya se ha comentado alguna vez en este blog lo difícil que resulta hablar de cualquier tema si antes no se han aclarado suficientemente los términos de referencia. ¿Qué es pensar? Un proceso mental. Hasta aquí de acuerdo, supongo. Pero ¿en qué consiste? Mi admirado José Antonio Marina explica todo esto muy bien en su Teoría de la Inteligencia Creadora. Siempre que se estudian los procesos mentales se llega, inevitablemente, a un callejón que, de momento, no tiene salida. O mejor dicho, del que no conocemos la entrada. Es esa tierra de nadie en la que la Ciencia pierde pie, en que unas hipótesis se apoyan sobre otras como única forma de avanzar. Porque no queremos resignarnos a aceptar el hecho de que es más lo que no somos capaces de comprender que lo que explicamos mediante nuestros sofisticados sistemas de investigación. Cada vez sabemos más de química cerebral, de axones y sinapsis, de dopamina, serotonina y endorfina. Pero cómo todo eso se transforma en un verso, en una idea, en una ocurrencia... Ahí está el vértigo de asomarse al abismo.
Y todo este preámbulo para hablar de la ilusión de la mente. Quiero decir, el espejismo que nos hace creer que somos nosotros los que manejamos la mente, y no al revés. Ése es el reto, el objetivo. Pero es un camino, y casi siempre una lucha. El ora et labora - tan olvidado hoy - es uno de tantos métodos para conducir al hombre a la anhelada libertad. Por eso el ser humano es paradójico, porque lo que le esclaviza es lo que le puede liberar. La mala noticia es que la esclavitud es automática, y la liberación, en cambio, requiere un esfuerzo. La buena noticia es que de la libertad viene la felicidad.
Lo perverso del juego es que la mente es capaz de hacernos creer cualquier cosa, incluso que las cadenas son las que nos hacen felices. ¿Cómo liberarse, pues, de la fuente de la felicidad? ¿Quién está dispuesto a renunciar a la satisfacción inmediata para alcanzar una auténtica felicidad que se encuentra al otro lado de un muro? El título de una obra del gran poeta persa Hakim Sanai es muy descriptivo: "El jardín amurallado de la Verdad". Ésa es la situación. Pero demasiado a menudo nos conformamos con pintar el exterior del muro y decirnos satisfechos: "Esto es la realidad, lo que nos hace felices". Sin embargo, en nuestro interior no dejamos de añorar lo que se oculta tras el muro. Ese jardín es nuestro verdadero hogar, y la nostalgia es como un faro que nos llama desde la lejanía para conducirnos hasta allí. A veces podemos creer que son cantos de sirena. Pero el jardín existe, y el aroma de sus rosas trepa por encima de los muros para recordarnos que hay un camino a seguir, que hay un destino al final del viaje.
Y mientras tanto, la mente juega con nosotros, mostrándonos caminos pavimentados de espejo, de piedras preciosas, de perfectas imitaciones de flores del paraíso. Nos lleva de la euforia al desamparo, de la omnipotencia a la miseria, y nos hace creer que eso es la vida. Sería maravilloso si fuera real. Pero no lo es.
Y cuando la mente por fin se rinde, la Realidad se hace presente, se abren las puertas del Jardín Amurallado, y las rosas de la felicidad florecen en nuestros corazones.
De una forma o de otra, todos decidimos en qué lado del muro queremos vivir.

5 comentarios:

IN-FALIBLES dijo...

Está bien eso de decidir a que lado del muro deseas vivir.

La pregunta es ¿en qué lado voy a ser más feliz? ¿cuál me va llenar más? ¿qué es lo que prefiero al margen de los prejuicios?

Cualquier respuesta es respetable. Allá cada cual.

ornitorrinco dijo...

Hombre, tú lo tienes más fácil. Como eres infalible... ¡así cualquiera!

Celia dijo...

Mi mente se concentra ahora en salpicarme la arena mediterránea para dentro de un par de dias volver a ser una urbanita: es el muro con el que protejo mi jardin.

Por eso,y admirando tu cuidadosa redacción, me cuesta entender que la mente sea una herramienta muchas veces ingobernable. Una especie de viscera autónoma que por desconocer exactamente como funciona nos puede deparar tinieblas de duda permanente, y por tanto paralización.

Creo que la cuestión es la ACTITUD. La relación positiva entre la mente y la acción. Somos más lo que hacemos que lo que pensamos. Y allá cada uno con su coherencia.

Dejamé que te cite a J.NAROSKY: "Me cierran con mil candados, pero se olvidan de que yo soy la llave".

Por eso, te sugiero que la dulzura y la sensibilidad que impregna tu blog, no se dejen arrostrar por ese fondo de lamento romántico.

A veces, podemos terminar instalandonos en la comoda actitud de la queja.

Te lo digo por experiencia. Un beso.

ornitorrinco dijo...

Querida Celia:
Tal vez mi redación no ha sido tan cuidadosa, o lo ha sido en exceso. No pretendía entonar una queja, sino poner de manifiesto los engaños de la mente. Por supuesto que la acción correcta en el momento correcto es el mejor antídoto. Absolutamente de acuerdo en que no somos lo que pensamos, pero tampoco lo que hacemos. Desgraciadamente, lo más claro que se puede decir al respecto es que somos lo que somos, y como aconsejan los sabios, nos toca ir conociéndonos con paciencia y perseverancia. Pero hace tiempo que decidí abandonar el recurso del lamento, que es como la bola del preso. De todas formas volveré sobre el tema, porque me consta que empecé pintando un cuervo y me salió un ruiseñor, o algo así.
Que el retorno te sea propicio...
Y gracias por tu comentario.

ornitorrinco dijo...

Se me olvidaba, Celia: respecto a la frase de Narosky, a eso es a lo que me refería en la entrada. No "nos" cierran, ese "nos" es imaginario. La mente es la que nos pone los candados, y al mismo tiempo es la llave. Por eso los sabios aconsejan conocerse a uno mismo, y no a "los que nos ponen las zancadillas". La clave está, tal vez, en conocerse a uno mismo sin mirarse el ombligo, sin olvidar que el mundo existe, y los otros también. Pero nadie dijo que fuera fácil, ¿verdad?