
Te recuerdo bailando entre risas, pero no alcanzo a escuchar la música ni el más fugaz eco de tu voz, ni una sola de las palabras que salían de tu boca y se quedaban, a veces, suspendidas en el aire como si no fueran a llegar a su destino, dibujando una estela blanca que acababa por evaporarse como el rastro de un avión en el cielo (esos aviones que uno nunca sabe hacia dónde se dirigen -si acaso al este, o al sur-).
Percibo nítidamente, sin embargo, el sabor ácido de los pimientos rojos que salían del horno chisporroteando, el calor casi insoportable en la cara al acercarme a oler su bendito perfume mientras en la mesa aguardaban, en perfecta simetría, los cubiertos, los platos, los vasos y las servilletas; el pan cortado en la panera, la jarra con el agua, el salvamanteles, y un pequeño jarrón con las flores que traje del mercado el jueves anterior.
Sin embargo, permanecí en pie frente a la mesa, con las manos sujetando el respaldo de la silla vacía. Servicio para dos -pensé-, girando la cabeza levemente hacia la otra silla, también desocupada. Los pimientos se enfriarán, qué desperdicio. Y puede que las flores se impregnen de su olor: rosas apimentonadas.
Serían las tres cuando, recostado en el sillón, escuché entre sueños la puerta que se cerraba quedamente.
Adiós. Son días de pimiento y rosas...