sábado, 18 de julio de 2009

Y aquí estamos...

Todavía no termino de tener claro por qué persisto en el afán de querer comprender, cuando la vida me demuestra con una tozudez significativa que es mucho más lo que se nos escapa que lo que somos capaces de discernir. Una forma un poco retorcida de decir que no me entero de nada. Acabo por pensar que son mucho más productivas las flexiones que las reflexiones. Que al menos el corpore esté sano, que lo de la mens cada día lo veo más difícil. Ya lo decía Battiato, que siempre tiene una frase para todo:
"A Beethoven e Sinatra preferisco l' insalata

a Vivaldi l' uva passa che mi dà più calorie
uh! com'è difficile restare calmi e indifferenti
mentre tutti intorno fanno rumore"
Hoy leía un artículo sobre el estado de la enseñanza, las dificultades a que se enfrentan los profesores, las posibles soluciones, las causas probables... Hay casi tantas opiniones como personas. Hace falta disciplina, adaptarse a los nuevos tiempos, revisar el sistema educativo, volver a lo de antes, estimular al alumno, incorporar las nuevas tecnologías, implicar a los padres...
Y hace unos días viví un reencuentro con algunos de mis compañeros del colegio, a los que hacía treinta años que no veía. Posiblemente fuimos la última generación que todavía conservaba parte del respeto reverencial hacia el profesorado, que era consciente del valor del esfuerzo, que consideraba la disciplina como parte del proceso educativo. Naturalmente, como niños que éramos, todo aquello nos parecía un auténtico rollo, en general. Y el caso es que yo salí del instituto pensando que vaya desastre, qué inconsciencia, no haber aprovechado mejor aquellos años, no haber puesto un poco más de interés.
Con el tiempo y las generaciones posteriores, esa visión fue cambiando. Y tras la reunión de antiguos alumnos (del Ramiro, oiga), descubro cosas sorprendentes. Por ejemplo, que todos seguimos siendo capaces de escribir sin faltas de ortografía, e incluso de componer frases subordinadas y con sentido - y eso a pesar de manejarnos con soltura en las nuevas tecnologías. Antes del encuentro hemos intercambiado algunos mensajes, y me doy cuenta de que en realidad somos unos perfectos desconocidos. Y me pregunto qué pasará cuando nos tratemos en persona, y la sorpresa es que somos capaces de reconocer en los otros al niño que fuimos, al tiempo que descubrimos a los hombres que somos. No sólo hay rasgos que permanecen prácticamente inalterados, sino que además se manifiesta un vínculo misterioso que abre las puertas de los corazones. Y hablas de tus cosas, de esas que no vas contando por ahí, y escuchas con igual atención, y de repente cobra sentido un espíritu común, un aroma inconfundible, la certeza de compartir algo inefable que hace posible la armonía. Hay complicidad y respeto, hay cariño y un bagaje de experiencias ofrecido sin apenas reservas. Cada uno ha seguido un camino diferente en la vida, pero al parecer todos portamos un sello que en cierto modo nos distingue. No seré yo quien lo defina, desde luego. No sé en qué consiste exactamente, pero existe.
La vida se va tejiendo con un hilo invisible que tan pronto nos frunce como nos deshilacha. Un hilo finísimo y dorado que nos cose a la realidad y nos conduce a nuestro destino cabalgando los sueños de la infancia. Las leyes ocultas del universo están escritas en negro sobre negro, por eso la perplejidad y el enigma.
Por eso no me entero de nada, pero cada vez me importa menos.

2 comentarios:

Álvaro Torres dijo...

Sólo acuso lectura y relectura, no vaya a ser que se me escape alguna falta y tire abajo todo el castillo de prestigio académico que compartimos.
Y me pregunto: ¿es aloe lo de la foto?

ornitorrinco dijo...

Pues no, es una de esas pitas gigantes y semipodridas -de la familia de las agaváceas - que adornan (es un decir) algunos jardines. Como las que había bajando desde el hispano marroquí hacia el Museo de CIencias Naturales.
Supongo que por eso me gustan. Y porque pinchan.