jueves, 16 de abril de 2009

Palabra de cuervo

Llamadme Edgar. Casi nadie lo sabe, pero los cuervos poseemos la facultad de elegir nuestro propio nombre. Yo decidí llamarme así por razones obvias, dada mi especial inclinación a la literatura. Es de sobra conocido que el cuervo es una de las aves más inteligentes, capaz de resolver problemas y de jugar, de vivir en cualquier hábitat e incluso de hablar el lenguaje humano. Naturalmente, empleamos un complejo sistema de graznidos para evitar que los hombres - en especial los biólogos - puedan entender lo que nos decimos, que por otro lado no es, que yo sepa, de su incumbencia. Tampoco sería justo que nos quejáramos por ser objeto de estudio, ya que nosotros estamos siempre observando a los humanos con gran curiosidad. Y eso a pesar de tener injusta fama de pájaros de mal agüero, o de especie particularmente nociva. Las palomas, sin ir más lejos, tienen hábitos bastante menos higiénicos y mucha mejor fama. Algunos reyes vikingos bordaban cuervos en sus banderas, y muchas culturas nos consideran símbolos espirituales, un puente entre ambos mundos, portadores de noticias del más allá. No estoy autorizado a confirmar o desmentir, así que dejaremos esta cuestión en el aire...
Pero sí, nos gusta observar a los humanos. De hecho, mi afición por la literatura vino de mi relación con un bibliotecario a quien caí en gracia, y que tenía la gentileza de dejarme restos de comida en el alféizar de una de las ventanas de la biblioteca en la que trabajaba. Como yo siempre fui muy educado - y silencioso - me permitía entrar cuando no había nadie y yo me colocaba sobre su hombro y aprovechaba para leer con él. La biblioteca era enorme, pues formaba parte del Palacio Real de cierto país que mi discreción me impide revelar. También fue allí donde conocí a una extraña princesa que, a diferencia de las de su rango, pasaba más tiempo leyendo que probándose vestidos. Le cogí tanto cariño que cuando fue desterrada (aunque emplearon un eufemismo bastante cursi para alejarla de palacio) decidí seguirla. Su destino se convirtió en el mío, y nos llevó hasta un castillo perdido en medio de la nada. Y a pesar de ser reservado por naturaleza, se me ocurrió la idea de ejercer de narrador de su historia, y me convertí en accidental cronista de una aventura que muy pronto conocerán quienes la encuentren de interés.

3 comentarios:

Silvia dijo...

¡¡Qué bien!!
Un personaje nuevo y nada menos que el narrador.
Me encanta esa afición suya por la literatura y lo bien que eligió su nombre (seguro que Poe tenía como mascota un cuervo, jejeje).
Me muero de ganas por saber cómo continúa la historia.
Un besín.
Silvia.

atrapao dijo...

que guapo Edgar

ornitorrinco dijo...

¡Grrrrrrracias, atrapao!