martes, 2 de septiembre de 2008

Paréntesis

Cedo esta noche la palabra a Hafez, poeta persa nacido en Shiraz alrededor de 1320.

Tiene un porqué

Si duerme aquel narciso hechicero, tiene un porqué.
Si su bucle en ondas se deshace, tiene un porqué.

Tu labio vertía leche, y yo decía:
esa dulzura junto a aquel salero tiene un porqué.

Tu boca es fuente de agua de vida, mas
debajo de tu labio, el hoyo de tu mentón tiene un porqué.

¡Mil años vivas!, digo, pues sé de cierto
que en tu arco la flecha de tu pestaña tiene un porqué.

Dolor de separación y pena de sufrimiento te han puesto enfermo,
oh corazón, ese grito tuyo, ese lamento, tiene un porqué.

Por el jardín pasó anoche el viento de sus dominios,
oh flor, tu vestidura rasgada tiene un porqué.

Aunque el dolor del amor oculta a la gente el corazón,
este llanto de tus ojos, Hafez, tiene un porqué.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Laberintos de cristal

Como quiera que parece haber un impulso interior que me lleva a meterme en berenjenales sin fin, esta noche me pongo al teclado para hablar, creo que por segunda vez en este blog, del amor. Y es que, no sé muy bien por qué, me ha dado por consultar nuestro querido DRAE, (supongo que para ver si me entero por fin de algo) y me encuentro con la siguiente definición: Amor: 1. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
"Partiendo de su propia insuficiencia". Fascinante matiz. Supongo que los señores académicos pasan demasiado tiempo encerrados entre libros y cartapacios, y claro, pierden el contacto con la realidad. Salga usted al mundo y diga que parte de su propia insuficiencia. ¿Insuficiente yo? ¿Pero usted qué se ha creído? "Yo" nunca es insuficiente. De hecho es tan suficiente que le acaba sobrando casi todo lo demás. ¿Sólo me lo parece a mí, o vivimos en una sociedad en la que mostrar una mínima vulnerabilidad es poco menos que una condena al destierro? "Yo" nunca se equivoca, y si lo hace, la culpa siempre es de otro. Exigimos la perfección ajena con la misma desfachatez que justificamos nuestra imperfección. Tratamos - en vano, os lo aseguro - de crear entornos personales que nos mantengan inmaculados, a salvo de cualquier contratiempo. Todo un gigantesco engranaje comercial-económico-publicitario nos ofrece mil y una fórmulas para allanarnos el camino... ¿hacia dónde?
Hacia el paraíso terrenal, ese espejo mágico que siempre te devuelve una imagen perfecta, escondiendo las ojeras, las arrugas, las canas, la miseria moral, la mezquindad, la cortedad de miras, la falta de perspectiva... ¿Con qué cara te presentas ante alguien diciendo: "Tengo defectos, soy vulnerable, me equivoco, sólo soy humano? Y ahí viene la segunda parte: "...necesita y busca el encuentro y unión con otro ser". O sea, que no sólo eres insuficiente, sino que además necesitas al otro. ¿Para qué, entonces, tanto libro de autoayuda enseñándonos que todo está a nuestro alcance, sin más auxilio que (qué casualidad) el libro que tienes entre las manos? No deja de ser curioso que, en la época de la Historia en que la posibilidad de comunicarse y compartir ha alcanzado cotas inimaginables, el resultado sea un individualismo feroz, una despiadada carrera hacia la autosuficiencia, un incansable ascenso hasta lo alto de nuestras particulares torres de marfil. Y aquí está el puñetero diccionario, diciendo que el amor implica aceptar tus limitaciones y las del otro, y reconocer tu necesidad de compartir hasta el punto de alcanzar la unión con el otro ser.
Así nos va, persiguiendo quimeras y lámparas de Aladino, mientras la Vida y el Amor pasan a nuestro lado como una brisa casi imperceptible.
Y a pesar de todo, tratando de seguir adelante sin arrastrar los pies, con alegría y dignidad.
Será que parto de mi propia insuficiencia. Quién sabe.

sábado, 30 de agosto de 2008

De rama en rama


Estaba dispuesto a hacer una larga entrada, comentando algunos de los mecanismos mentales que nos convierten con frecuencia en un cruce de Neandertal y Barbie (o Ken), cuando me ha venido a la memoria un cuento que lo resume de manera magistral. Lo tomo prestado, respetuosamente, de un tesoro bibliográfico: "Cuentos de los derviches", de Idries Shah. Como decían los latinos, "Intelligenti, pauca".

Cómo atrapar monos

"Había una vez un mono al que le gustaban mucho las cerezas. Un día vio una cereza de aspecto delicioso, y bajó de su árbol para recogerla. Pero sucedió que la fruta estaba en una botella de vidrio transparente. Después de algunos intentos, el mono se dio cuenta de que podía apoderarse de la cereza metiendo su mano por el cuello de la botella. Tan pronto hubo hecho esto, cerró la mano sobre la cereza; pero entonces vio que no podía retirar el puño sujetando la cereza, pues era más grande que la dimensión interior del cuello.
Ahora bien, todo estaba premeditado, pues la cereza en la botella era una trampa tendida por un cazador de monos, que sabía cómo piensan éstos.
El cazador, oyendo los quejidos del mono, se acercó. El mono trató de huir; pero como creía que su mano estaba atascada en la botella, no pudo moverse con suficiente rapidez para escapar.
Pero mientras pensaba, seguía reteniendo la cereza. El cazador lo alzó. Luego golpeó al mono vivamente en el codo, logrando que éste soltara repentinamente la fruta.
El mono estaba libre, pero había sido capturado. El cazador había usado la cereza y la botella y aún conservaba ambas."

Y el que no se haya sentido mono, que levante la mano... si la puede sacar antes de la botella.


jueves, 28 de agosto de 2008

Papel, lápiz y paciencia.

Tomo hoy como punto de partida una reseña aparecida en la edición digital de El País, dedicada a una representante del llamado "YBA", siglas en inglés del Jóven Arte Británico. Al parecer, sus obras más conocidas son cosas tales como vídeos y montajes diversos en los que aparece ella misma mostrando sin pudor sus miserias humanas, autodeclarándose psicótica, alcohólica, neurótica, etc, y aportando pruebas fehacientes de ello. Vale. Ah, también se autodenomina artista. Y por ahí no paso.
Queridos compañeros de viaje, las vanguardias artísticas siempre nos han traído dos cosas, parece que inseparables: una ruptura necesaria para abrir nuevos caminos de evolución creativa, y una puerta abierta al "yo me apunto, y si cuela, cuela". El problema típico de las vanguardias es que suelen nacer con fecha de caducidad, y a partir de cierto momento mueren en su propia inercia, vacías de contenido (e incluso de continente). Y me aburren tanto y me dejan tan indiferente (cuanto más transgresoras, más indiferente) que no pienso seguir hablando de ello. Pero sí quiero, en cambio, compartir con vosotros mi pasión por algunos de los más grandes artistas que, al haber desarrollado sus carreras en un género desgraciadamente considerado menor - la ilustración - son mucho menos conocidos y valorados. La lista podría ser muy extensa, así que la reduciré a los que creo que resisten sin problema el paso de los años. Mi último gran descubrimiento ha sido Gustav Tenggren, del que podréis encontrar información en el blog que os recomiendo en las sugerencias del chef (http://www.linesandcolors.com/). En otro link recién descubierto, http://www.artsycraftsy.com podréis admirar el trabajo de otros de los grandes: John Bauer, Edmund Dulac, Arthur Rackham, Maxfield Parrish, Kay Nielsen o Gustave Doré. Y entre los aún vivos, Dugin y Dugina, Sergio Toppi o P.J. Lynch. De este último podéis ver unos videos interesantísimos en YouTube, donde nos muestra su proceso de trabajo, algo impagable para los que nos dedicamos o queremos dedicarnos a esto de hacer dibujillos. Podéis encontrarlos a través de su web, http://www.pjlynchgallery.com. Hay muchos otros ilustradores maravillosos, pero no habría aquí espacio para hablar de todos. De cualquier forma os agradeceré cualquier comentario que pueda descubrirnos nuevos artistas de los que aprender. Pero todos los citados tienen en común algo que va más allá de la calidad de su trabajo: la elegancia, la profundidad, un aroma que no se puede definir pero cuya calidez aflora en cada detalle. Contemplar cada uno de sus dibujos es una lección magistral para todos los que empuñamos un lápiz o un pincel. A veces puede resultar un poco frustrante, pero ahora creo que hay un camino que lleva hasta donde ellos llegaron, un camino enlosado de paciencia, perseverancia y entusiasmo. La voluntad de hacerlo cada día lo mejor posible, e intentar ir un poco más allá. Observar y aprender, practicar, repetir, borrar y empezar de nuevo. No hay otra forma, pero ésta funciona. Así que a por ello.
Y siento una emoción y un profundo agradecimiento hacia quienes hicieron ese trabajo, mostrándonos el camino a seguir. Esta entrada es un pequeño homenaje a su grandeza.
Y ya sé que es un atrevimiento ilustrar este texto con un dibujo propio, pero es un ejercicio de humildad - ahí quedo, expuesto a los ojos de cualquiera - y una forma de decirme: el próximo será mejor. Estoy en el camino, y por ganas que no quede.

domingo, 24 de agosto de 2008

Sólo vine a comprar pan...

No sé si será el contagio de estas fechas vacacionales, pero lo cierto es que no ando muy inspirado para actualizar el dichoso blog. Y como me siento un poco obligado hacia esas heróicas personas que lo visitan con perseverancia esperando encontrar alguna novedad, aquí estoy otra vez. Pido disculpas anticipadas por el aparente narcisismo de colgar una foto de mi propia mismidad - por más que el ángulo de la toma me haga parecer un poco picassiano, por así decir - pero a veces dudo tanto qué imagen utilizar que acabo renunciando a la entrada propiamente dicha.
Y ya puestos, decido lanzarme sin red a un tema que me anda rondando estos últimos días, y que no deja de ser delicado: la amistad. A estas alturas debo reconocer que aún no sé exactamente en qué consiste la cosa. Como casi todo, imagino que depende de cada persona y sus experiencias. Yo me precio de tener buenos amigos, aunque pocos. Claro que, ¿cuántos son pocos? ¿Se pueden tener demasiados buenos amigos? ¿Basta con uno o dos? ¿Cuentan igual los amigos y las amigas? En realidad, mis reflexiones van por otro lado. Sin descartar algo de paranoia por mi parte, a veces tengo la sensación de que mis amigos no me llaman, al menos tanto como a mí me gustaría. Pero lejos de ser un reproche - ni remotamente - lo que me planteo es: ¿estoy haciendo algo mal? ¿Hay algo en mi actitud que inhibe los deseos ajenos de comunicarse? ¿No soy capaz de aportar algo lo suficientemente valioso a los demás como para que hagan el esfuerzo de hacer una llamada, o enviar un mail? Y me pregunto una vez más en qué consiste la amistad. Los vínculos entre las personas son de muy diversos tipos. A veces hay afinidades intelectuales, creencias compartidas, lazos emocionales, vivencias en común, o simplemente un espejo amable en el que mirarse. Pero ¿de dónde surge la amistad, y sobre todo, qué hace que perdure e incluso se haga más profunda? Conectamos con alguien, intercambiamos información, damos y recibimos afecto, comprensión, un hombro sobre el que llorar, unos oídos abiertos al despropósito, al desahogo; buscamos consejo, consuelo, compañía, un eco para la risa, una patada en el culo, una memoria complementaria, tomar un café. Alguien con quien compartir nuestras inquietudes, alguien que nos sirva de referencia, que nos avise en caso de extravío. A veces no resulta fácil saber si uno está cumpliendo su misión, si está correspondiendo en su justa medida a aquellas personas de las que recibe ese beso o bofetada cariñosa. Reconozco que no me gusta la soledad, que disfruto más la vida si la puedo compartir, porque me ayuda a no perder la perspectiva, a no creer que el mundo es sólo como yo creo que es, a ofrecer lo que siento como bueno y a recibir con buena voluntad lo que me llega de los demás. Será que me tengo muy visto, o que no me fío demasiado de mí mismo. A medida que me voy conociendo mejor, hay cosas que me aburren terriblemente, que me irritan, que me exasperan, y el trato con los otros me obliga a controlarlas y someterlas a una férrea vigilancia. Y si se me escapan, pues ahí están los amigos para zurrarme alegremente.
Hoy he visitado la exposición de Alphonse Mucha en Caixa Fórum, y he echado de menos esa presencia amiga, ese compartir, aunque sea en silencio, la experiencia de la belleza. He disfrutado y me he emocionado, pero he salido con un cierto aire de tristeza, como si la experiencia hubiera quedado incompleta. Sé que no todo el mundo opina lo mismo, pero es lo que hay. De todas maneras ha merecido la pena.
Espero que no se me malinterprete. Desde aquí quiero enviar todo mi amor a aquellos que me honran con el favor de su amistad. Sé que vivo en sus corazones como ellos en el mío. Y al final, las palabras son lo de menos. Aunque leyendo esta entrada, nadie lo diría...
Menudo rollo. Acabaré pintando una cara en un melón para tener conversación.
Os quiero, amigos.

domingo, 17 de agosto de 2008

Paseando por el lado raro

Ayer, a eso de las siete de la tarde, salí a estirar un poco las piernas y a quitarme las telarañas del cerebro. Lo primero era bastante fácil, de lo segundo no estoy tan seguro, ya veréis por qué. Llevaba todo el día medio nublado, y tras una inspección a través de la ventana, me dije que llover, llover, no llovería. Así que bajé a la calle y comencé a pasear muy relajado. A los cinco minutos, unas finas gotas empezaron a caer tímidamente. Poco después, la lluvia era, como en Sevilla, una pura maravilla. O sea, que me mojé, pero aposta. Hacía mucho, pero mucho tiempo que no caminaba bajo la lluvia sin prisa, disfrutando del contacto con el agua celestial (porque cae del cielo, ¿no?). Y fue muy agradable, hasta que me tuve que refugiar porque la cosa se puso seria. Y me sorprendió recuperar de la memoria el olor a tierra mojada, que en mi caso asocio inevitablemente con las vacaciones de verano de mi infancia, cuando después de la tormenta volvía a coger la bicicleta para poder pasar por los charcos y dejar bien marcadas las huellas de las ruedas en el barro fresco.Placeres de niño.
La otra sensación durante el paseo es más difícil de explicar, y tiene que ver con el dibujo de hoy. A medida que me cruzo con la gente la observo con una mezcla de curiosidad y extraño alejamiento. Siento como si cada persona fuera una pieza de un descomunal rompecabezas, y casi puedo verlas encajadas en un molde invisible que las acompaña mientras caminan. Todo parece cuadrar - por extraño que resulte, incluso lo más estridente o peculiar - en un orden que desde luego permanece inaccesible al entendimiento humano -por lo menos al mío. Pero lo que me inquieta de verdad es que yo me siento desencajado, desplazado, como si estuviera fuera de lugar, como si no terminara de formar parte de todo eso que me rodea. Es la sensación de que hay algo que no acaba de ser real. No es que me crea especial y diferente a los demás, no es que piense que los otros son gente y yo otra cosa. Y tampoco lo experimento como algo desagradable, ni agradable... Simplemente es. Se parece, por momentos, a una invisibilización, si se me permite la expresión. ¿Qué quiere decir esto? Pues no lo sé. Como ser transparente. Enajenación, supongo. Un especie de viaje astral pero despierto y caminando por la calle como si tal cosa. Son sólo aproximaciones, bastante imprecisas, pero qué le voy a hacer. Si fuera hambre, o un efecto secundario de la cerveza (cosa imposible en un abstemio) o de comer pan mohoso, sería más sencillo. Pero no. Es así de raro. Y no está mal, ya que el paseo discurre siempre por las mismas calles, y así se hace siempre diferente, aunque las tiendas estén cerradas y no cambien los escaparates. Pero no deja de ser curioso.
Y por eso (más o menos) he puesto el dibujo de un monstruo, por lo de sentirse raro y diferente sin querer. Pero un monstruo de los que no dan miedo. Al menos eso espero.

viernes, 15 de agosto de 2008

Preparados, listos... ¡Ya!

Hola a todos. Tras unos días sumergido entre pinos, vacas, caballos y los lejanos sonidos de las fiestas de pueblo, he regresado a la urbe y al cibermundo. Tengo que reconocer que no he echado de menos todo esto, quizá ayudado por la circunstancia de pasar el día entero corriendo detrás (o delante, o debajo) de mi niño - que, dicho sea de paso, es la felicidad más grande del mundo. Pero en nuestros paseos por el pinar he tenido tiempo para pensar en temas de los que hablar aquí. Ya irán saliendo poco a poco. Todavía estoy aterrizando, y ando un poco despistado, pero iré recuperando el ritmo. De momento han empezado los Juegos Olímpicos, un evento que nos proporciona muy diversos placeres, además de la ocasión de comentar cuestiones de gran interés. A pesar de los tiempos que corren, hay algo en el deporte que conserva la nobleza y el espíritu de tiempos pasados, en los que las marcas parecían menos importantes que el esfuerzo por alcanzarlas, por superar los propios límites. Y hay algo profundamente emocionante en los rostros de los atletas, en su forma de expresar el esfuerzo agónico, el éxtasis del triunfo, la desesperación del reto inalcanzable. Son días extraños, en los que se oye hablar de fracaso cuando alguien, tras cuatro años de entrenamientos, no consigue una medalla. Sin comentarios.
Pero vivimos en la época de los grandes titulares de prensa, y ahí no cabe la letra pequeña, la que cuenta las historias de esas personas que dedican con heroísmo parte de su vida a conseguir hazañas que nunca saldrán en los libros de historia, pero que las hacen crecer en dignidad y valor, y cuya recompensa es el legítimo orgullo por el trabajo bien hecho.
Que los dioses del Olimpo ornen sus cabezas con el laurel de la Gloria.

miércoles, 30 de julio de 2008

El porqué de las cosas

Había pensado comenzar esta entrada anunciando un paréntesis vacacional, dado que voy a pasar los próximos días en un lugar sin ordenador, ni adsl, ni internet, ni... ¡Oh, Dios mío! ¡Qué estoy diciendo! ¿Seré capaz de soportarlo?
Pues sí, naturalmente. Mi primera conexión a la Red fue hace diez años, lo que significa que pude vivir casi 32 sin echar de menos tan apasionante tecnología. De hecho, hasta mediados de agosto voy a estar con mi niño tirando piedras al río, recogiendo piñas y palos, persiguiendo saltamontes y mariposas, y tratando de encontrar parecidos razonables en las formas de las nubes. No voy a negar que echaré de menos nuestro contacto bloguero, pero también es cierto que probablemente los que soléis leerme tampoco os quedaréis encerrados en casa frente a la pantalla. Así que vacaciones para todos.
Pero quería despedirme temporalmente con una nueva perorata. Y es que
no deja uno de darle vueltas a las cosas, y cada nueva pregunta sugiere otra, y otra más, y así nos vamos enredando. El caso es que hoy me he topado en la Internet con una de esas páginas dedicadas a la nostalgia, en este caso de mi generación (nacido en el 66). Y allí me he reencontrado con uno de mis gratos recuerdos, un álbum de cromos de Bimbo titulado "El porqué de las cosas", que nos ilustraba acerca de cuestiones como "por qué la sangre es roja" o "por qué tenemos sed". Y de pronto me ha dado por pensar que quizá de ahí procede mi manía de querer comprender las causas, de buscar respuestas a las dudas que la vida te va poniendo en el camino. Y también quiero aprovechar para aclarar un poco mi postura frente a algunas cuestiones que han podido resultar confusas en anteriores entradas. A veces parece que castigo a los pobres científicos e incluso a la Ciencia en general, y nada más lejos de mi intención. Lo único que intento es acercar posturas. Me cuesta comprender ese empeño por oponer ciencia y filosofía, o ciencia y espiritualidad, o ciencia y como queráis llamarlo. Y me sorprende aún más la beligerancia de ciertos científicos contra la religión o cualquier cosa que consideren supersticiosa o poco empírica. Para empezar, el error está en considerar que sólo hay un enfoque posible: o se es científico, o se es religioso. El problema aparece si intentamos estudiar religiosamente la ciencia, o científicamente la religión. La fe se caracteriza, precisamente, porque es la creencia en algo sin necesidad de poseer pruebas. Pertenece a la esfera privada e íntima de cada persona, y no tiene por qué interferir en los demás aspectos de la vida o actividades de alguien. Hay conflicto si afirmo que las cosas se mantienen pegadas a la tierra, no por la fuerza de gravedad, sino porque Dios las sujeta con su Divina Voluntad. Pero yo puedo creer que la Divina Voluntad es tan, tan sabia que hasta se le ocurrió crear la fuerza de la gravedad para evitar que todos saliéramos flotando cono globos en una feria. Y que además dotó a Isaac Newton de la inteligencia y la intuición suficientes como para descubrirla y enunciarla. Ésa es mi fe. No cuestiona la ley de la gravedad, no es incompatible. Simplemente me aporta una dimensión extra. Pero hay algo más. Los propios científicos utilizan la fe, aunque no sea religiosa ni espiritual, y eso no les causa conflicto. ¿Qué conduce a un investigador a seguir determinada línea de estudios? La creencia de que allí encontrará respuestas. ¿En qué se basa esa creencia? Quizá en datos obtenidos en investigaciones precedentes, o en hipótesis más o menos razonables. Pero en último término es una cuestión de fe. Cuántas veces los científicos se ven obligados a corroborar que algo ha sucedido, sin poder aportar una explicación satisfactoria en términos científicos. Y no por eso decimos que la ciencia sea un fracaso o una farsa. Simplemente, queda mucho camino por recorrer. Otra cosa es que las religiones, como grandes sistemas de creencias, intenten explicar desde su particular punto de vista todo fenómeno físico, químico o de cualquier índole, y controlar o regular aspectos de la vida que deberían ser ajenos a su influencia. Pero eso es otra historia. Cuando hablaba del efecto placebo, trataba de hacer notar el poder de las creencias, y su posible aplicación en los procesos de sanación física o psicológica. Si la creencia de que una pastilla me va a curar es capaz de provocar que mi organismo ponga en marcha el proceso biológico necesario para curarme (por ejemplo, segregando determinadas sustancias químicas), ¿por qué no estudiar el mecanismo que produce ese fenómeno? Y no por ello voy a dejar de tomar aspirina para el dolor de cabeza, si me funciona. Me consta que ya se están utilizando ejercicios de visualización para mejorar la acción de determinados tratamientos médicos. Eso es sumar, y de eso se trata.
Como veréis, he añadido a la lista de enlaces interesantes un
magnífico blog de ciencia. Allí he leído un artículo sobre la teoría de cuerdas, que viene a decir que se trata de una hipótesis bastante sólida, pero que aún no disponemos de los medios necesarios para obtener pruebas de su credibilidad. Como modelo teórico funciona, pero no hay forma de demostrarlo... ¡Caramba, lo mismo le pasa a Dios! A ver si va a ser eso...
En fin, que seguiremos hablando del tema, que viene a ser infinito, como el universo. Aunque a ver quién es el valiente que lo demuestra.

domingo, 27 de julio de 2008

¿Qué me pasa, doctor?

Debo confesar que mi relación con el mundo de la ciencia es contradictoria. Me apasiona cada nuevo descubrimiento, y trato de mantenerme informado, hasta donde soy capaz de comprender, de los avances que se realizan constantemente en las más variadas especialidades, aunque reconozco mi debilidad por la neurociencia y todo lo relacionado con el comportamiento humano. Lo que nunca deja de sorprenderme es la capacidad de la comunidad científica - y pido perdón por generalizar - para pasar de puntillas, cuando no obviar descaradamente ciertos asuntos: aquellos para los que no tienen respuestas concluyentes, o cuyas implicaciones se adentran en terrenos pantanosos - es decir, cuando se empieza a difuminar la frontera entre ciencia y filosofía, ética o espiritualidad.
Y todo esto viene a cuento de un artículo que acabo de leer acerca del efecto placebo. En él se habla tranquilamente, con todo tipo de ejemplos, de cómo las personas se curan o mejoran sensiblemente por el simple hecho de creer que les ha sido administrado un medicamento eficaz. Se menciona también la hipnosis como terapia que emplea, básicamente, el mismo mecanismo, a saber: si la creencia es lo bastante poderosa tendrá un efecto real. De hecho, es una cuestión de fe. Si deposito mi fe en el médico que me receta, y en la pastilla que me tomo, me curaré. Aunque la pastilla en cuestión sea azúcar prensada. ¿Y después? Después nada. Ahí acaba todo. Sin embargo, la conclusión parece bastante evidente. El cuerpo posee la capacidad de sanarse a sí mismo. La fe mueve montañas y acaba con las enfermedades. Quiero pensar que hay algún grupo de científicos tratando de descifrar qué mecanismos permiten ese aparente milagro. Sería mucho más inteligente que seguir bombardeando el organismo con química sintética, que muchas veces exige el uso de más química para contrarrestar los efectos secundarios. Y de paso serviría para evitar que surjan (más) grupúsculos pseudomísticos que explican cómo, mirando a Orión mientras te presionas el glúteo derecho con el codo izquierdo y mantienes en tu mente el sonido del mapache en celo, la energía de Alpha Centauri te librará del cáncer, el parkinson y la malaria.
No sé qué pensaría la poderosa industria farmacéutica (bueno, sí lo sé), pero sería un gran paso para la Humanidad. En definitiva, lo que viene a demostrar la eficacia del placebo es que la mente alberga un poder insospechado, y la capacidad de cambiar nuestro destino. Eso sí, nada en la vida es gratis, y el esfuerzo que requiere llegar a utilizar la mente de esa forma es la causa probable de que muy poca gente lo consiga. Por si alguien lo duda, no tengo nada en contra del uso de la medicina y los medicamentos. Pero últimamente se está advirtiendo de la progresiva "medicalización" de la vida. Dicho de otro modo, lo que antes era el esfuerzo de volver al trabajo ahora se llama "síndrome posvacacional", y la gente va al médico para que le recete algo. Cada pequeño obstáculo cotidiano tiene su propio síndrome asociado. -Doctor, cuando pienso en el cambio climático me entra una angustia insuperable. -Pues piense en otra cosa y utilice el transporte público.
En fin, que hay otros mundos, pero están en este. El ser humano es un cosmos en sí mismo, y lo que nos queda por explorar. Y la foto de hoy, una vez más, no tiene nada que ver. Bueno, quizá si miráis fijamente la flor mientras recitáis la alineación del Numancia F.C. os baje el colesterol...

sábado, 26 de julio de 2008

Echando humo (Elogio de la imperfección)

Hago esta entrada a una hora poco habitual, ya que generalmente me pongo a la tarea por la noche, cuando las ocupaciones y preocupaciones del día dejan paso a un cierto silencio que invita a la reflexión. Sin embargo, esta vez he sentido la necesidad de acudir a mi particular palestra para sacar a relucir un tema que - seré quisquilloso -me hace saltar como un resorte. Supongo que cuando leáis de qué se trata pensaréis que, efectivamente, soy muy quisquilloso. Espero que al final cambiéis de opinión, aunque no es mi intención que lo hagáis. Y si queréis rebatir mis argumentos, estáis invitados a hacerlo.
Vamos al asunto. Leo en la edición digital de El País que le ha sido concedido el premio World Press Photo a Tim Hetherington por una imagen de un soldado estadounidense en un búnker en Afganistán. Y un poco más abajo leo que la decisión ha sido criticada (no pone por quién) debido a que la imagen está algo borrosa. No me interesa especialmente el tipo de fotografía que concurre al World Press Photo. Me parece digno de elogio el que los fotógrafos acudan a conflictos bélicos y arriesguen sus vidas para obtener imágenes reveladoras, dramáticas y capaces de transmitirnos los horrores del mundo, tan lejanos y tan cercanos a un tiempo. Pero lo que quiero comentar no tiene que ver con el fondo, sino con las formas. Desde que comencé a hacer fotos, hace unos cuantos añitos ya, he venido soportando la absurda mitificación de la calidad técnica, o lo que es lo mismo: el valor de una fotografía depende fundamentalmente de su perfección técnica. Si una imagen está ligeramente movida, desenfocada, sobreexpuesta o subexpuesta, queda expulsada del Paraíso del Arte Fotográfico. Lo siento, no comprendo esa obsesión por la técnica. Por supuesto que es importante, y sin ella no podríamos obtener las imágenes que deseamos, pero ¿quién decide cuál era la intención del fotógrafo? ¿Quién y con qué criterio juzga si el resultado final es el que perseguía el artista? ¿Qué valores guían al autor en el momento de presentar su obra?
Claro, ya sé que estoy hablando de la fotografía como arte. Pero incluso así, es habitual encontrarse con el mismo criterio tecnicista (perdón por el palabro). Salvando las distancias, es como si le reprocharan a Goya su pincelada suelta, como si le dijeran: "Sí, los retratos de reyes están bien, pero esas pinturas negras..." Para ilustrar mi postura, traigo hoy una fotografía rara. La hice recientemente, durante un paseo en La Granja. Llevé a revelar los negativos, que después escaneé y positivé en el ordenador. Cuando vi la imagen final, descubrí una especie de veladura, como si hubiera hecho la foto a través de un fino pañuelo. El resultado me encantó, porque confería a la imagen una atmósfera entre antigua e inquietante (bueno, eso es lo que me sugiere a mí). Para la inmensa mayoría de los "profesionales" de la fotografía es una imagen fallida, carente de la mínima calidad exigible. Pues muy bien, pero a mí me gusta, me transmite sensaciones, consigue que resuenen ecos y nostalgias indefinidas. Es el placer de la contemplación. Discutible, evidentemente. Cada cuál tiene su criterio, y el técnico sólo es uno de ellos. Mi opinión es que la obsesión por la perfección técnica puede privarnos de la emoción, y hacernos olvidar el espíritu que mueve la acción artística. Cuando presento esta foto al mundo soy consciente de sus carencias, pero también de sus valores. Que esos valores sean compartidos ya no depende de mí. Pero ese es el destino de toda obra artística: enfrentarse al escrutinio de los demás, y ser apreciada, despreciada o condenada a la indiferencia. Con eso ya contamos.
Pues queda dicho. En el fondo no es sino una defensa de la libertad de técnica en el arte. Al final, sólo queda la imagen y el espectador. Y si surge la emoción, lo demás es secundario.