Es difícil de explicar, pero a veces la búsqueda de la sencillez requiere poner en marcha complejos mecanismos, como si recorrer un laberinto fuera el camino más corto entre dos puntos. En realidad preferiría que las imágenes hablaran por sí solas, pero reconozco que sería un milagro, porque en cada persona despiertan ecos diversos, asociaciones propias e intransferibles, lo cual es en sí un logro maravilloso. La poesía más pura es el silencio, pero nos gusta poner en palabras aquello que no puede ser expresado. De todas esas contradicciones están hechos el arte y la vida. Y por eso utilizo la fotografía de un membrillo para hablar de la libertad. O acaso del Destino.
Un membrillo es el producto final de una serie de procesos naturales, del desarrollo de una cadena de acontecimientos prodigiosos: el árbol nacido de la semilla, la lluvia sobre la tierra, la luz del sol, las aves y los insectos, el viento, la fotosíntesis, la formación del fruto y su maduración. Un membrillo no puede ser otra cosa que un membrillo. Su libertad consiste en no tener que escoger, porque sólo hay un camino posible: la membrillez. Y en ella radica su perfección. Hoy envidio su sencillez, su gozosa plenitud, su dulce destino. La libertad de estar sin tener que parecer, de ser lo que se es. De completar el círculo, aquello para lo que has sido creado. Para un membrillo es fácil. El ser humano lo tiene un poco más complicado.
En fin, que hoy estoy cansado y se tenía que notar. Pero me gusta la presencia rotunda y táctil de ese fruto esperando su destino. Y me gustan los membrillos, sobre todo con queso.
Que aproveche.
Cuando el cine se convierte en arte y algo más aparecen películas como "El hombre elefante", dirigida por David Lynch en 1980, y protagonizada por Anthony Hopkins, John Hurt, John Gielgud y Anne Bancroft. Pero hoy no quiero hablar de cine, por más que esta obra maestra merezca todos los elogios y, desde luego, una lectura atenta y devota. Lo maravilloso de esta historia - y quizá el mayor logro de la versión cinematográfica - es el retrato profundo y conmovedor de un ser humano excepcional: Joseph Merrick. Un espíritu exquisito, un ejemplo de dignidad y nobleza, de inocencia y pureza encerradas en una envoltura monstruosa. Lo fascinante es comprobar que a medida que avanza la película, la luminosidad interior de Merrick inunda de tal forma la escena que uno llega a olvidar su aspecto deforme, deslumbrado por el resplandor de un corazón en el que no hay lugar para el rencor. Soporta humillaciones despreciables, es repudiado y perseguido, pero el Amor es una energía demasiado poderosa para dejarse vencer por la ignorancia. Su dulzura queda en nuestro recuerdo, la huella de su grandeza perdura en la memoria, y confirma la esperanza de que es posible estar en el mundo sin ser devorado por sus pequeñas mezquindades y sus paraísos artificiales.
Hay un camino hacia la felicidad en el alma humana, y sólo hay que estar dispuesto a encontrarlo y seguirlo hasta el final.
Supongo que hubo un tiempo en que la relación del hombre con la Tierra era algo natural, simple y directo. Somos parte de la naturaleza, un elemento más en la compleja red de sistemas biológicos que dan forma a esto que llamamos nuestro mundo. Que ahora parezcamos empeñados en la nada desdeñable tarea de destruir todo ecosistema para sustituirlo por centros comerciales o urbanizaciones con campo de golf, no hace sino confirmar la idea de que nuestro ADN tiene más en común con un virus que con la cúspide de la pirámide de la creación. La soberbia es una niebla que cubre y oculta la inteligencia, y que probablemente nos llevará justo al lugar contrario al que creemos dirigirnos. Queremos someter al planeta, y terminaremos por ser expulsados del paraíso terrenal, convertidos en una más de las especies que se han extinguido sin dejar mayor rastro. Pero mientras eso ocurre (y quiera Dios que falte mucho), aún tenemos la posibilidad de escaparnos de la felicidad prefabricada de las urbes para experimentar el gozo de un paseo por el bosque, ese lugar mágico y sagrado que conserva, para los espíritus fatigados, las energías que un día hicieron surgir la vida y sus misterios. Con demasiada frecuencia olvidamos que somos una especie más del reino animal, y el bosque, el mar o la montaña nos recuerdan cuál es nuestro lugar, y qué fácil es romper el equilibrio de fuerzas que sostiene al planeta en su viaje por el universo. Los cuerpos celestes giran en sus órbitas inmutables durante milenios, y el hombre, ajeno a su propia irrelevancia, contempla con desmedido orgullo sus pequeñas obras, coronándose emperador de una mota de polvo que flota sin rumbo al capricho del viento. Y de repente un día te sientas en el tronco de un árbol quizá vencido por un rayo, y por un instante tu espíritu se funde y se disuelve en el aliento silencioso del bosque, el hogar ancestral, el edén perdido y reencontrado. Y bañado por el hálito divino regresas, con la conciencia de haber tocado, tal vez por un segundo, el corazón mismo de la vida.
Uno de los grandes retos para un fotógrafo es encontrar motivos interesantes, o dotar de interés a aquellos que parecen no tenerlo. A mí me resulta especialmente apasionante buscar alimento artístico entre las cosas pequeñas, en todo aquello que habitualmente nos pasa desapercibido, ya sea por falta de atención o por pertenecer al mundo de lo minúsculo. Es sólo una cuestión de escala.
¿Qué diferencia a esta frágil figura vegetal de un árbol de treinta metros? La escala. En esencia son lo mismo: su estructura, su proporción, la forma en que se expanden sus ramas, las semillas de las que nacieron, su manera de germinar, de esparcir su herencia al viento...
Pero esto es el microcosmos. Los mosquitos son gorriones, las abejas, cigüeñas, las arañas, osos pardos. Y nosotros, gigantes descomunales, tenemos que bajar la vista, descender al nivel de nuestros pies, y detener nuestro casi siempre demasiado rápido viaje para poder contemplar, en su verdadera dimensión, las diminutas maravillas que tienen lugar en este submundo. Al cabo de unos minutos de observación atenta, la insignificante planta comienza a revelar sus secretos, su belleza quebradiza y fugaz, el juego microscópico de líneas en fuga, el despliegue prodigioso de su dibujo geométrico y aéreo, su cimbreo imperceptible... Y finalmente sobreviene la inevitable conciencia de nuestra propia pequeñez, la certeza de que no somos mucho más que esa plantita que ahora nuestros ojos perciben como el eje de un universo en miniatura.
Ya he hablado anteriormente de esa maravillosa capacidad que tiene algunas imágenes de transportarnos a otro tiempo y a otro lugar. Más allá de la experiencia personal, algunas fotografías nos permiten sentir el sabor peculiar de ciertas vivencias, nos ayudan a viajar y experimentar sensaciones quizá desconocidas, pero que seguramente comparten algún elemento que nos resulta familiar. Aunque uno nunca haya estado en un cementerio de Estambul, quiero creer que al observar esa lápida apenas rozada por el sol, creciendo como una planta más del jardín, inclinándose como impulsada por un fototropismo imposible, podrá sentir la misma calma, el mismo sosiego, igual recogimiento. Un instante para la reflexión, ese fugaz paso por el mundo al que llamamos vida; y una eternidad, el Tiempo detenido, un paréntesis de magnitud inabarcable, inconcebible por nuestra limitada comprensión de las cosas.
Puede que parte del misterio se halle en no saber qué significan los hermosos signos tallados en la piedra. Y uno puede imaginar versos de Rumi, palabras que hablan de la Unión, del reencuentro, del tránsito secreto e inevitable, de una esperanza oculta entre los pétalos de una rosa dormida en el regazo de las brisas del Bósforo.
La humildad de los insectos es fascinante, porque de hecho su complejidad es mayor que la de muchos otros seres que parecen presumir de atributos más sólidos. Y sin embargo este pequeño hemíptero (que es humilde hasta en su nombre común, zapatero), es capaz de andar sobre las aguas, demostrando además una singular elegancia al hacerlo. Es una escena tan familiar, observada una y otra vez desde la infancia, que hay que hacer un esfuerzo para ser consciente de lo prodigioso del fenómeno. Luego vendrá la ciencia y nos hablará de la tensión superficial, pero ver a los zapateros deslizándose silenciosamente sobre las aguas calmas de un río es la materialización de un milagro. Y saber que es un fenómeno natural no lo convierte en algo menos mágico y cautivador. Y a veces me pregunto si en realidad compartimos la misma dimensión, si nuestros universos sólo se cruzan ocasionalmente, si la hazaña cotidiana de un zapatero que avanza sin aparente esfuerzo sobre la superficie del agua no es más grande que tantos logros vanos del hombre, tan orgulloso de sus a menudo absurdos avances tecnológicos.
Quisiera poder cruzar las aguas de mi existencia con la frágil y vulnerable facilidad con que este insecto atraviesa un arroyo, ajeno a su insignificancia, a pesar de la cual quizá sostiene el orden invisible de un cosmos oculto.
Pues sí, aquí estoy de nuevo, en la misteriosa blogosfera, dispuesto a compartir con quien tenga a bien visitarme algunas de las cosas que se me pasan por la cabeza, quién sabe por qué.
Hoy traigo esta foto, que como de costumbre encierra algunos enigmas. ¿Qué hacen dos caracoles escondidos en el interior de esa flor? Acaso hayan cambiado sus hábitos por los de las abejas, y acudieron en busca de néctar o polen. Se me antoja improbable y bastante surrealista. Más allá de lo insólito de su ubicación, me intriga la hermosa relación de formas, las espirales combinándose y fundiendo los universos vegetal y animal, el juego de las curvas, y esa curiosa sensación de hallarse flor y caracoles suspendidos en el aire, sin aparente sostén. Donde se demuestra que el encuadre es uno de los pilares fundamentales de la fotografía; como en este caso, en que el punto de vista descontextualiza (perdón) la imagen hasta convertirla en un conjunto abstracto de formas y claroscuros. Sólo los caracoles se obstinan en recordarnos que es una imagen real.
Y por ello les doy las gracias y las buenas noches.
Ésta es la última entrada de este blog. Hasta aquí hemos llegado. Como las figuras del dibujo, me desvanezco dejando tan sólo un leve rastro, como un aroma que pronto el aire hará desaparecer. Gracias por haber compartido este pequeño viaje.
Sólo os pido un último favor: no hagáis más comentarios.
Un abrazo.
Aunque suene paradójico, a veces hay que dejar de buscar para poder encontrar. Eso es lo que ocurrió con esta foto, hecha con el móvil. En un día cualquiera de trasiego, de ir y venir, me encontré rodeado de amapolas. Paré el coche a un lado, me bajé, y el resultado es lo que veis. En ocasiones parece como si las cosas te estuvieran esperando. En fotografía pasa mucho, y por eso a mí no me gusta preparar las fotos, sino mantenerme alerta para que las escenas se presenten sin llamar. En realidad, la experiencia suele ser similar en todas las disciplinas del arte. La clave es abrir un canal, predisponer el espíritu, activar el radar y...bueno, lo que podríamos llamar una espera activa. Buscas y esperas a un tiempo. A ver si algún día terminamos de entender el significado de la palabra PACIENCIA.
Pobres amapolas, tan frágiles y hermosas, las rosas humildes.
Es lo que tiene vivir en una ciudad pequeña. Sales a hacer un recado, aparcas, y cuando vuelves al coche te encuentras una mantis en el parabrisas. Aunque a muchos les parezca increíble, a algunas personas nos gustan los insectos. No todos, claro. Pero algunos son criaturas fascinantes, ya sea por su aspecto o por su comportamiento y costumbres. La fama de la mantis es bien merecida, pero aunque no supiéramos nada de sus peculiares relaciones amatorias, su simple presencia, su cimbreante silueta, sus enormes patas delanteras plegadas en actitud orante serían suficiente motivo para la fascinación. No deja de ser sorprendente que un insecto de apenas siete centímetros (que ya está bien para un insecto) pueda causar tal sensación de temor. Lo cierto es que en realidad resulta totalmente inofensivo (salvo que seas una mantis macho, claro), pero por si acaso uno mantiene las distancias.
Y sí, una de mis primeras vocaciones fue la de entomólogo. Pero lo de atravesar bichitos con alfileres no era muy de mi agrado. Fue una época de libros, guías de campo y andar explorando los matorrales en busca de ejemplares dignos de observación. De aquellos tiempos conservo la simpatía hacia muchos coleópteros y algún que otro representante de las diferentes familias de hexápodos (toma ya).
Sí, también me gustan las arañas, pero son arácnidos y tienen ocho patas. Ya sé que lo sabíais, pero tenía que decirlo.
Para terminar, y por si queréis comprar una mantis como animal de compañía:
www.mantiskingdom.com/index.php?mk=aboutme