Aquí estoy, dando la cara -una cara que se aparece, casi infantil, desde el pasado. Asomado a través de un marco demasiado solemne para tan pobre mensaje. Sólo para decir que vuelvo, que estoy volviendo a este espacio que tanto echo de menos. Pidiendo mis más sentidas disculpas por haber desaparecido todo este tiempo sin despedirme. La vida, siempre la vida empujando. A veces doblado como un junco, bailando al son de los vientos mientras trato de mantener las velas intactas. He pensado mucho en vosotros, mis amigos lectores, que visitáis este lugar vacío. Prometo regresar como un Ulíses a su añorada patria, la de las palabras, la de los versos huérfanos, la dorada tierra de los días pasados y los por venir. Los días que contemplan esa imagen en la que todavía reconozco ese gesto de asombro contenido, de perplejidad ingenua. El tiempo, siempre...
Gracias a los que habéis seguido ahí, esperando. Y a los que se han cansado de esperar, también.
Vuelvo, estoy volviendo. Como el otoño, y muy pronto el invierno.
Nos escribimos en el pergamino agrietado de la vida con la caligrafía temblorosa del cálamo mal afilado, mientras la tinta se espesa hasta convertirse en polvo. Un soplo se lleva el rastro de todas las palabras que a duras penas vestían nuestra desnudez de criaturas desorientadas, o tal vez la lluvia borrará el confuso alfabeto con el que un día construimos nuestras naves, y del que apenas quedará una huella húmeda salpicada de olvido. Como esos peces que levitan sobre su sombra dibujando signos indescifrables, acaso perseguimos el destino que ya no nos espera tras la esquina, acechando una señal en el camino que nos muestre si todavía es tiempo de esperanza.
En las aguas rojas de ese mar se pierde la mirada, se duermen los sentidos mientras se mece el corazón en su propio latido. La voz que te acompaña seguirá susurrando su absurdo soliloquio, pero ya no sabrás si es sólo la costumbre. Por mucho que la giras, la brújula se obstina en señalar el norte - más o menos: caprichos de la declinación magnética -, pero mis pies me llevan casi siempre sin preguntar siquiera. De jardín en abismo, de laberinto en trampa, de pasillo en pradera.
El grande se comerá al chico - si se deja: David mató a Goliat con una piedra.
Contemplo atónito el paso de un segundo tras otro, el movimiento imperceptible y velocísimo de las alas de un insecto que acaba de despertar a la primavera tardía. En el verde asombroso de un brote tierno me pierdo hasta las lágrimas, incapaz de soportar casi la belleza de lo que un día será un fruto o una flor. Envuelto por los aromas que hasta la brisa más liviana transporta entre sus dedos invisibles, quiero entonar el himno sagrado de la vida, y tan sólo susurro una plegaria torpe, porque la palabra se funde bajo la luz que se filtra entre las ramas. Aunque lejos del mar, siento la espuma y la sal que se adhiere a la piel como un beso. No conozco los nombres de las aves ni los árboles que habitan; no sé cómo se llaman los ríos ni los valles. No sé qué dice el grillo cuando canta. Miro al cielo estrellado y no entiendo el poema que recitan sus luces. Todo es misterio y verso, todo es un bello enigma sin respuesta. Quisiera caminar hasta los bordes, hasta lo más profundo, donde la noche es tan oscura que hasta el silencio calla.
En el orbe minúsculo del ojo se precipita el tiempo, giran los mundos y los rostros, y los recuerdos dibujan su rastro inútilmente, pues morirán con el siguiente parpadeo.
Porque la lágrima es un pequeño mar donde naufraga la tristeza.
El mapa oculto de la vida, en el fulgor verde del sol rasante que revela como siempre lo invisible. Esos caminos, valles, cumbres y fronteras, y el océano en que mis barcos se pierden entre la bruma. Al amanecer renacen los límites, la solidez envuelve la materia que durante la noche se disipa en las sombras. La belleza es un segundo de conciencia, y saber que el aire que respiro no me pertenece. Si el mundo es ilusión y yo tan sólo el hálito imperceptible que al mismo tiempo nace y muere, si en el temblor de un párpado se esconden todos los misterios, si ya no queda espacio en el infierno para todos mis pecados: me acabaré aquí mismo, por ejemplo.
No hay un perro recorriendo las calles mientras llueve. No hay una mosca azul en el techo del cuarto. No se escuchan las voces de los falsos profetas. Entonces el jazmín y su perfume, entonces baja el río y su canto en las piedras, entonces la distancia es mentira y la tristeza un fuego que se apaga, y la risa es un beso, y morirse una farsa.
El ángel púrpura saluda con un gesto a los cuervos mientras se va, dejando a su paso un rastro de silencio...
Tacto. Con las pestañas acaricio el polvo amarillento suspendido en el rastro imperceptible de tu paso fugaz. En mis manos vacías se deposita el aire fragante que recojo en un sueño, la esencia volátil de tu aliento dormido, ese fluido rugoso que es el tiempo, esa cadena rota que me engaña con sus ecos: replegaré mis alas antes de ser herido. De todas formas el corazón es ansia y no descansa hasta estar poseído.
La oscuridad dibuja una presencia donde sólo hay silencio. En este mar de átomos he naufragado ya mil veces, y arrojado a la costa siempre vuelvo a embarcar con la certeza obstinada de que la muerte espera mientras tanto. Puedo escuchar cómo se oxida el hierro lentamente bajo la lluvia fría. Herrumbre, mutación, metamorfosis: nada es nunca lo mismo que haya sido. El presente devora cada instante para que el mundo sea nuevo y hermoso para siempre. Si no lo ves no importa. Será lo que ha de ser.
De tanto recorrer el camino de espinas hasta los pétalos lastiman. Así que beso el suelo donde crece la rosa, bebo el rocío que la noche dejó sobre sus hojas y canto su color como un himno a la vida. La mañana se eleva y flota, inmaculada, bajo el sol de febrero. Hay un mirlo escondido tras las ramas, silbando sus secretos: de su pico naranja nace también el día. La frágil transparencia se va volviendo opaca cuando olvidas que nada es inmutable, y tratas de aferrarte sin saber que es en vano. Hasta que llega la verdad y dice: basta.
Era el mundo una máscara, y en ese gesto entre sonrisa y misterio se escondía. Yo daba vueltas alrededor como un satélite sin órbita, como una luna ebria derramando su pálido brillo en el espacio negro y pavoroso, en el hueco que la materia deja cuando cambia de estado.
Era la vida una cadena dulce, una palabra amable, un devenir silente que se fundía en sueños o quimeras, en la invención del día que no llega, en el nunca acabar, en el plácido adormecerse cuando la noche besa los párpados al alba.
Era el tiempo de amar, de forjar un destino, de navegar por los mares del deseo, de explorar los paisajes fronterizos sin saber si los miedos o las dudas desplegarían sus alas carroñeras.
Luego llegó la aurora, y el ocaso, la causa y el efecto, la nostalgia y el vértigo, los duelos, el delirio y el éxtasis, la rueda y la pendiente. La flor se deshojaba y el viento hacía el resto.
Pero queda la huella, aunque el mar la ha borrado. Queda el eco en la sombra, queda la luz callada y el susurro, queda tal vez algún recuerdo herido. Una hoguera apagada, un tímido fulgor, una pequeña llama.
Y es el mundo una máscara, tan pálida...
Ahí está la frontera, el límite, el borde, el filo. Al otro lado, nada, o casi. Más allá de la sombra el sol abrasa. No me digas que el mundo gira, que las cosas cambian, que el aire se agita invisible, que la vida estalla. Conozco los secretos, la transparente luz de la verdad. Desde el principio.
Ahora es para siempre en esta quietud sagrada del instante. Silencio. Con la misma dulzura dormiría a tu lado, si pudiera apagarse ese murmullo estéril, si la palabra hueca se deshiciera en polvo o en ceniza. Llena tus manos de tierra, como un niño, y aprende de una vez lo que es el mundo. Coge una piedra, un palo y una hoja. Si Dios existe, es eso.
He visto -quizá en sueños- una luz, un abismo, un rostro amado, una bestia atroz: todo es lo mismo. Pero luego despierto y es la noche vacía. El corazón palpita sin saberlo -cada segundo cuenta- la medida del tiempo que nos queda.
Como el perro busca la sombra en el calor de agosto, así yo ladro al reflejo de la luna en el agua.
- ¿Añil? ¿Un resplandor añil? Pues nunca me lo hubiera imaginado. - En realidad debería ser violeta, pero aún lo estoy perfeccionando. La gente suele creer que tengo más poder del que realmente poseo. Me gusta jugar con los colores, pero tienden a ser inestables.
- Vale, pero lo del traje a cuadros...
- Va a ser tendencia dentro de unos años.
Me gustaría decir que las cosas fueron de otro modo, pero así comenzó mi conversación con Satán el día que se me apareció. No es que me sintiera decepcionado, pero reconozco que me costaba aceptar que todo estuviera siendo tan poco diabólico, al menos comparado con lo que la imaginería popular parecía afirmar.
- No se te ve muy asustado.
- Perdón, no era mi intención ofender. Admitirá su Excelencia que no tiene un aspecto muy aterrador.
- Si lo dices por el traje, de acuerdo. Y sin embargo, a pesar de todo, me has reconocido en seguida.
- Sí, es raro, ahora que lo dice. Lo cierto es que me gustaría pedirle alguna evidencia, si no es molestia.
- ¿Una evidencia? ¿De qué tipo? ¿Una metamorfosis, o prefieres que te enseñe las pezuñas, o el tridente? Vamos... Ya sabes que esto es una cuestión de fe. Se tiene o no se tiene.
- Supongo que es suficiente. Por ejemplo, no sé cómo ha llegado hasta aquí.
- Volando, por supuesto. ¿Recuerdas la mosca que merodeaba alrededor de las migas de tu desayuno?
- ¿En serio? ¿Podría volver a hacerlo ahora?
- Ya, pero no, es que yo también he leído ese cuento. Tendrás que fiarte.
- Qué remedio. Bueno, ¿y puedo preguntar a qué debo el honor?
- Claro. Me preguntaba si estarías dispuesto a venderme tu alma.
- ¿Mi alma? ¿Qué interés puede tener eso? Yo soy insignificante... ¿De qué le serviría?
- No se trata de que tú seas especial. Es - para qué engañarnos - una cuestión de cantidad. Arrebatar almas a Dios es mi trabajo.
- ¿Y va su Ilustrísima de una en una? Parece agotador.
- No te equivoques. Tengo medios a mi alcance para simplificar el trabajo, y de hecho funcionan muy bien. La televisión, la política, la ciencia, el heavy metal... Pero también disfruto de vez en cuando haciendo las cosas en persona.
- ¿El heavy metal?
- Un momento de verdadera inspiración. No sé cómo no se me ocurrió antes.
- Marilyn Manson...
- No, ese no. Ese es para despistar. Pobre, es un bendito.
Pues no, yo tampoco me habría imaginado hablando de música con el demonio, pero así se dieron las cosas.
- Respecto a lo del alma...
- Sí, ¿ya has pensado qué quieres a cambio?
- Es que no tengo muy claro que se la quiera vender.
- A ver, te lo explicaré mejor. Venta o posesión, esas son las opciones.
- ¿Cómo?
- O me vendes tu alma - una gran oportunidad de negocio en los tiempos que corren -, o te poseo.
- ¿Quiere decir... como a la niña de "El Exorcista"?
- No, no, eran otros tiempos. Todo muy exagerado, y cansadísimo. Además, se notaba demasiado, y así el trabajo no sale adelante. Es más como un virus. El poseído contagia a los de su alrededor casi sin darse cuenta. Es muy, muy eficaz.
- Eso sí suena diabólico.
- Gracias.
Por supuesto, yo sólo trataba de ganar tiempo mientras pensaba en la forma de salir bien parado de aquella situación. Aunque no parecía fácil. Decidí cambiar de estrategia.
- ¡Dios Nuestro Señor, acude a mí, yo Te invoco! ¡Protégeme del mal, aleja al demonio y rescata mi alma del Príncipe de las Tinieblas!
- ¿De verdad crees que yo estaría aquí si Dios no lo quisiera?
Entonces me di cuenta de todo, entonces comprendí. Pero era un poco tarde, ya debían de estar a punto de cerrar el concesionario de Lamborghini, y no me apetecía esperar hasta el día siguiente.
- Firma aquí. Tranquilo, la aguja es desechable.
Firmar con sangre no es tan fácil como parece, pero como con los regalos, lo que cuenta es la intención.
- Ha sido un placer. Hasta pronto, y conduce con cuidado. Nos veremos en la Eternidad.
-Pues ahora sí que le ha salido el resplandor violeta...
Enrico Fermi, Ettore Majorana, Jalaluddin Rumi, Aldous Huxley, Albert Einstein, Kurt Gödel, Roger Van der Weyden. No es extraño que a veces tenga la sensación de que me va a estallar la cabeza en cualquier momento... Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos. A ver si soy capaz de poner un poco de orden.
Todo comenzó en mi reciente visita al Museo del Prado. Cada vez siento con más intensidad la idea de que la vida es una inmensa red de hilos que se cruzan y conectan todo con todo. Si no te esfuerzas un poco por encontrar un centro, un eje, lo más probable es que uno de esos hilos te atrape y te arrastre hasta Dios sabe qué ignoto confín.
En parte por desorientación, en parte por deseo de reservar lo mejor para el final, llegamos a la sala donde se expone el Descendimiento de la Cruz de Van der Weyden tras recorrer gran parte del museo. Mientras la gente se amontonaba frente a El Jardín de las Delicias de El Bosco - lógico y encomiable, por otra parte - el Descendimiento se encontraba casi abandonado. Por alguna razón que ahora no recuerdo, había estado leyendo el día anterior acerca de Fermi y Majorana, ambos físicos italianos coetáneos y precursores en la investigación sobre la física de partículas. A ellos había llegado partiendo de los neutrinos, partículas subatómicas cuya masa es tan pequeña que apenas interactúan con las demás partículas, atravesando sin dificultad la materia. Y cuando digo materia quiero decir que a cada segundo somos atravesados por millones de neutrinos. Parece ser que los neutrinos podrían compartir con los taquiones la capacidad de desplazarse a una velocidad superior a la de luz, lo que sumado a otros factores ha llevado a la especulación acerca de la posibilidad de viajar hacia atrás en el tiempo.
Todo esto que suena a ciencia ficción nos lleva, a su vez, a Einstein y Gödel. Los dos grandes genios coincidieron en Princeton, se hicieron amigos y compartieron paseos y conversaciones. Gödel planteó una visión de la Relatividad que contemplaba los viajes en el tiempo, además de teorizar de un modo sorprendente acerca del concepto de infinito y de la capacidad humana de concebir dicho concepto. Gödel murió de inanición, porque a pesar de ser una de las mentes más brillantes del siglo XX, los últimos años de su vida estaba convencido de que iba a ser envenenado, negándose finalmente a comer. Majorana desapareció misteriosamente sin dejar rastro, especulándose con la hipótesis del suicidio, la fuga a Sudamérica y otras teorías más difíciles de creer - aunque no sé si menos probables. Tal vez el LHC nos aclare algo.
Aldous Huxley escribió, en 1954, Las puertas de la percepción. En esta obra habla de sus experiencias con sustancias alucinógenas - mescalina. peyote, LSD -, y el título está tomado de un poema de William Blake: "Si las puertas de la percepción fueran abiertas el hombre percibiría todas las cosas tal como son, infinitas".
Jalaluddin Rumi (siglo XIII) hablaba con frecuencia de la danza de los átomos, y la famosa ceremonia del giro de los derviches representa, entre otras cosas, los átomos girando en sus órbitas, a semejanza de los planetas... ¡Oh, día, levántate. los átomos danzan, las almas henchidas de éxtasis bailan...!
Y de repente, con toda esa red de informaciones tratando de tejer un tapiz inteligible, me encuentro ante el Descendimiento. Contemplo el equilibrio dinámico de su perfecta composición, los rostros del dolor y la compasión, los planos desplegándose con implacable precisión, la armonía sobrenatural de los colores... Y entonces algo empieza a encajar, y se formula el enigma: las partículas elementales de la belleza. Como un ejército, como una oleada insondable, los neutrinos de la pura Belleza atraviesan el espíritu del espectador. Viajando a través del tiempo, desde el siglo XV, las claves del arte inmortal resuenan en nuestro interior, como una réplica del arquetipo celestial cuyos ecos nos inundan en la contemplación. La sublime expresión plástica de la esencia humana se manifiesta en la explosión secreta de millones de partículas cuya existencia sigue siendo un misterio. El tiempo y el espacio se contraen y expanden en una danza oculta a nuestros ojos. La vida se recrea a cada instante y se revela a quien es capaz de abandonarse, de soltar las ataduras de este mundo y dejarse arrastrar, siquiera una vez, por uno de esos hilos de los que está hecha la existencia...
Aviso: esta entrada, publicada originalmente en el blog clandestino de la salchichería Pepe, sólo puede ser interpretada correctamente por diseñadores de páginas web. "El Párrafo (align left), acodado en la barra del bar, no podía apartar su mirada de aquella división rubia... Su índice z de nivel 3 habría hecho perder la posición absoluta a cualquiera, y sus serifas se curvaban insinuantes y tentadoras. Sin duda tenía las propiedades css más excitantes que pudieran imaginarse. Ah, si sólo tuviera el valor de referenciarla, sabía que después podría hacer con ella lo que quisiera... Unas líneas de JS y sería suya para siempre.
Pero entonces apareció ese estúpido y arrogante menú desplegable, con sus hojas de estilo de importación, oliendo a Ajax barato. Párrafo (align right) supo enseguida que había perdido la partida. En cuanto el menú comenzara a desplegar sus opciones en cascada, ella caería a sus pies sin remedio. Siempre la misma historia. Siempre perdiendo...
Rezando para que alguna función accediera a su visibilidad y le volviera hidden, Párrafo apuró su último trago de style, y abandonó el bar con la misma agridulce sensación de la ventana cerrada, dejando apenas su efímero rastro en una variable local que muy pronto quedaría machacada y olvidada para siempre.
"La vida es más random que otra cosa" - pensó mientras desaparecía entre capas cada vez más y más opacas...